Ester poseía una cualidad de carácter que a menudo se pasa por alto pero que es increíblemente significativa: se dejaba enseñar. Escuchó las instrucciones de su tío, siguió el consejo de Hegai y entendió cómo trabajar dentro de las reglas de su posición. Cada acto de obediencia hizo avanzar a Ester en el camino que Dios tenía para ella, preparándola para ser agente de salvación de su pueblo.
Aunque Ester era respetada y amada por quienes la rodeaban, incluso por el rey, no estaba segura de cómo reaccionaría el rey ante su acercamiento. En lugar de confiar en sus propias habilidades, la posición que adquirió o el estatus que obtuvo, Ester se volvió hacia Dios. Pidió a los judíos que ayunaran y oraran con ella. Ella sabía que no habría éxito sin la intervención de Dios.
Ante la muerte, Ester tuvo fe en que se haría la voluntad de Dios, incluso si eso significaba que perdería la vida en el proceso. Con valor y cuidadosa consideración, Ester puso en marcha una serie de eventos que honrarían las leyes del reino y, al mismo tiempo, aprovecharían su posición en un intento por salvar a su pueblo.
¿Con qué frecuencia tratamos de arreglar las cosas a nuestra manera, con reacciones apresuradas y palabras irreflexivas? Ester no exigió, invitó. A través de la conversación, la humildad y el coraje, permitió que el rey ideara una solución que honraba a su pueblo, eliminaba su mayor amenaza y marcaba el comienzo de la paz. Cuando la fe, y no el miedo, es nuestro factor guía, no hay límite para lo que Dios puede lograr a través de nosotras.
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